Dialogar con un trabajador marítimo jubilado es inevitablemente introducirnos en la historia de la Marina Mercante. Una actividad que le toma el pulso económico y político a todos los países del mundo como ninguna otra y que tiene a sus  trabajadores llenos de historias y anécdotas que en esta fecha tan especial quisieramos compartir con nuestros lectores.

Los invitamos a leer la nota exclusiva que el Diario Unión del Marino, del Sindicato de Obreros Marítimos Unidos (SOMU) realizó a Héctor Aguirre, un trabajador marítitimo jubilado, maquinista, afiliado del Sindicato de Obreros Marítimos Unidos (SOMU), quien nos permitió conocer en detalles su historia, experiencias y los sucesos que atravesó a lo largo de su vida y que nos hicieron reflexionar sobre la importancia de esta actividad.

Héctor tiene una historia familiar marcada por los barcos. “Mi padre y mi tío marinos mercantes, yo treinta y dos años marítimo y uno de mis hijos trabajó en los astilleros”, recordó nuestro querido marinero.

Su oficio heredado se inció con un viaje inaugural  allá por 1971 para un barco petrolero de la empresa Shell hasta Comodoro Rivadavia. “Allí cargábamos crudo para después traer hasta Dock Sur o Campana, eran viajes de diez a lo sumo doce días. Ese primer viaje fue muy duro para mi, no porque hubiese tormentas, ni nada, cosa que también pase, lógicamente. Sino porque además  no estaba preparado para el desarraigo, que fue lo más difícil que tuve que afrontar. Dejar a la vieja en casa me partió, eso que estaba mentalizado por la historia de mi viejo, pero cuando me tocó a mi… ay papito! Y eso que fue un viaje corto. Igual, no había con qué darle, al quinto día me quería volver nadando”, nos cuenta,  sin ningún dejo de vergüenza.

Al avanzar la entrevista, así como al pasar y en pocas palabras, describió los años de conquistas laborales y avances tecnológicos. “En mi primer embarque laburaba como un loco y traspiraba como un caballo, en medio de un ruido infernal. En mi último embarque trabajaba lo necesario, con equipos todos robóticos y no te digo que silenciosos pero, con mucho menos ruido”.

Después del servicio militar de Héctor, su familia, si bien no pasaban duras necesidades económicas, ya necesitaba ingresos más acordes al contexto económico de la época. El haber crecido en una familia marítima lo sedujo: “Era buena plata, comparada con la que le daban a un albañil, que era la opción que me quedaba”. Así es que a los veintiún años fue a hacer el curso de marinería a Prefectura Naval Argentina y así obtener su libreta de embarque.  “Eran otras épocas en las que Prefectura era más exigente, y había que recorrer empresas. Yo tuve la suerte de tener un padre marítimo que me recomendara y pude embarcar rápido” reflexiona Héctor.

A partir de esa primera experiencia de embarque, su vida cambió, viajó  al exterior y llegó a conocer diferentes partes del mundo “si no hubiera sido marítimo, ni por las tapas hubiese conocido esos lugares”. Además nos cuenta: “Yo siempre digo que el marítimo siempre tiene dos familias, la del hogar y la del barco. Vos trabajas, cumplís un horario y te vas a tu casa a hacer tu vida. El marítimo no. Con mis compañeros durante años desayunabamos, almorzabamos, cenabamos, jugabamos al truco y nos íbamos a los camarotes, y así uno o dos meses seguidos… ¡¡¡y algunos eran feos!!!” bromea, para luego continuar con su relato”.

“Estuve en el cambio de bandera, estaba en un químico en ese entonces. Íbamos por el Pacifico y volvíamos por el Atlántico. En Campana, bajaron a casi todos mis compañeros y subieron todos filipinos porque la empresa era americana y era mano de obra barata” rememora sobre una de las etapas más duras de la marina mercante nacional. “Quedamos solo tres, yo porque tenia experiencia y le tenia que enseñar a los filipinos”.

El anecdotario de Héctor es extenso, fueron treinta y dos años a bordo de buques que lo llevaron por diferentes puertos del mundo. De hech,  durante la entrevista reconoció que muchas historias interesantes  hacían eco en su memoria “como para escribir un libro”.

A modo de cierre de la conversación, nos dejó una reflexión: “el sacrificio que hace el marítimo sólo lo conoce el marítimo. Al cansancio del trabajo tenés que sumarle el stress de la lejanía con la familia. Que te vas de tu casa con tu hijo recién nacido, y volvés y ya gatea. Te volvés a ir, regresás y ya camina y habla. A mí cuando mis hijos tenían uno, dos, tres años: me iba de viaje y cuando volvía no me reconocían. Tenían que pasar tres días para poder hacerles upa. Es un trabajo muy duro, pero a la vez muy lindo. Hay que estar medio loco para ser marítimo” concluye con una carcajada.